De la planta.
El jimador selecciona, a machete, sólo los agaves que el sol y la tierra han llevado al punto justo de madurez — entre ocho y doce años, ni un día menos.
Cada gota es un tributo a nuestras raíces, al agave que madura bajo el sol y al tiempo que lo convierte en espíritu. Lote 0003 — embotellado a mano en junio de 2025.
Cada botella es una conversación: la tierra hablando a través del agave, los maestros mezcaleros traduciéndola con la paciencia que sólo se hereda. No vendemos producto — compartimos un oficio.
La Lomita es el rancho familiar donde todo comienza — una loma de tierra volcánica frente al Pacífico que los Pérez Robles cultivan desde hace tres generaciones. Aquí, entre la brisa salina y el suelo mineral, el agave espadín madura más lento y entrega un espíritu más vegetal, más nuestro.
Cada gota es un tributo a esta tierra: la que caminamos, la que sembramos, la que finalmente convertimos en espíritu.
Seleccionado con esmero, cocido bajo tierra, fermentado con paciencia y destilado por manos sabias. Cada etapa lleva su tiempo — y ningún reloj lo apresura.
El jimador selecciona, a machete, sólo los agaves que el sol y la tierra han llevado al punto justo de madurez — entre ocho y doce años, ni un día menos.
Las piñas se cuecen en horno de piedra, bajo tierra, durante cuatro días. Es el calor lento — del leño, no de la prisa — el que despierta los azúcares y deja la firma ahumada.
El mosto reposa en tinas de roble blanco, sin prisa, hasta que los azúcares del agave se transforman. Es un tiempo que no se acelera — sólo se acompaña.
La doble destilación se hace en alambique de cobre. Sale el mezcal joven — claro, mineral, con el corazón intacto.
Un retrato breve de Don Juan y Don Alfredo — tercera generación de mezcaleros — y del oficio que sostiene a Poquito Corazón. Catorce minutos para conocer la mano, el horno y el alambique detrás de cada botella.
Recetas sencillas, pensadas para que el mezcal hable. Tres preparaciones donde el espíritu se acompaña — nunca se esconde. Pronto sumaremos las fotografías y notas del maestro.
El servicio tradicional. Una copita pequeña, un poco de sal de gusano, una rebanada de naranja. Para honrar el mezcal sin intervenir su carácter.
Trago corto, oscuro, contemplativo. El espadín se funde con un toque de café cargado y un golpe de cacao amargo. Para una sobremesa larga.
Refrescante y mineral. Toronja recién exprimida, pizca de sal marina, mezcal joven. La brisa de Manzanillo en una copa alta.
Personas y casas que comparten nuestra manera de hacer las cosas — despacio, con oficio, de corazón. Muy pronto presentaremos a quienes llevan Poquito Corazón por el mundo.
Sólo elaboramos lo que la tierra nos permite. Si quieres una botella del lote actual, déjanos tu correo y te avisamos cuando abramos reservaciones.